Algo sobre el jamón asado
Evidentemente, uno de esos jamones está perfecto tal cual, tras el muy importante trámite de cortarlo con arte y sabiduría, mejor a cuchillo que a máquina, en lonchas muy finas, que permitan un buen contacto con el aire para que el jamón despliegue todos sus aromas, que, quién puede dudarlo, son deliciosos.
Estos partidarios a ultranza del jamón "al natural" rechazan incluso combinaciones ya consagradas en los usos gastronómicos universales, como el clásico "prosciutto e melone", el jamón con melón, pareja creada, al parecer, en la Emilia Romaña italiana y hoy plato de entrada, magnífico cuando melón y jamón son buenos, en la cocina universal.
Pero hay jamones que llegan al consumidor ya cocinados; pensemos en los jamones de York, el jamón cocido, que de tantos apuros nos ha sacado a todos más de una vez. Por supuesto, un gran jamón, una de esas obras de arte que antes conocíamos como "serrano" y que hoy requiere la mención de "ibérico" y, a poder ser, "de bellota", no debe cocinarse nunca.
Cuando entra en algún plato -con guisantes, por citar un caso- ha de incorporarse en el último momento, para que no se cocine, sino que simplemente adquiera temperatura y comience a fundir su grasa; nada más.
Lo que pasa es que hay jamones que sí que admiten bien un proceso culinario. A los gallegos de Galicia nos gusta muchísimo el resultado de uno de esos procesos: el jamón asado. Los jamones gallegos no son ni malos ni excelentes; no pueden competir con los ibéricos, ni con los de Parma. Y muchas veces acaban asados.
Deliciosamente asados, hay que matizar. Han de partir de un jamón crudo, esto es, sin curar, pongamos que de ocho o nueve kilos de peso.
Han de poner en un cuenco grande unos 700 gramos de sal marina, a la que unirán dos cabezas grandes de ajos, bien picados, y un manojito de perejil en el mismo estado. Además, dos vasos de brandy, uno de aceite de oliva y cuatro hojas de laurel. Mezclen todo y marinen con ello el jamón; déjenlo macerar así un mínimo de 24 horas, dándole vueltas para que se impregne bien.
Supuesto que tienen un amigo, o un conocido, panadero, consigan que meta el jamón así preparado en su horno, que deberá ser de leña; en Galicia se usa leña de pino. Hay que hacerlo, a fuego suave, entre tres y cuatro horas, de modo que quede dorado y bien crujiente por fuera y tierno y jugoso por dentro.
Así, luego, en el plato -o en el bocadillo, porque un bocadillo de jamón asado es una gloria- disfrutarán de tres texturas: la tierna y jugosa de la carne; la melosa de la grasa, y el maravilloso crujiente de la piel. Un bocado -bueno: tres- de arte mayor. Y un final excelente para un jamón que, por el procedimiento habitual de salado y curado, nunca iba a pasar de ser una medianía
Fuente: EFE
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